Gregory Crewdson: el mundo intervenido

Primero, los rasgos superficiales. Gregory Crewdson, a quien el New York Times ubica “al frente de un movimiento fotográfico que ha emigrado del realismo en pos de la fantasía cinemática pura”, nació en Brooklyn en 1962. Hijo de un psicoanalista que constituyó una de sus principales fuentes de inspiración, según él mismo admite, el artista imparte clases de fotografía en la Universidad de Yale, donde se ha vuelto una influencia decisiva para los alumnos ansiosos por hacer de la cámara un instrumento de registro no del orbe tal como lo conocemos sino de un mundo construido, alterado con premeditación, alevosía y ventaja: un mundo, pues, intervenido, tan lejos de la realidad y tan cerca de la ficción fílmica, ese otro modo de aproximarse a la realidad: “Creo que una de las cosas que podemos lograr con la fotografía es la fundación de un mundo.” A la fecha el trabajo de Crewdson, exhibido con éxito dentro y fuera de su país, se agrupa en cinco series: Natural Wonder (1992-1997), Hover (1996-1997), Twilight (1998-2002), Dream House (2002) y Beneath the Roses (2003-2005); Twilight, quizá la más famosa, cuenta curiosamente con cuarenta imágenes, los años que tenía el neoyorquino al momento de concluirla. No existen las malas coincidencias, dice un policía hacia el final de ese acertijo lyncheano que es Lost Highway.
Luego, los rasgos profundos. Es justo David Lynch el cineasta cuya huella asoma con mayor claridad en la obra de Crewdson: la fauna silvestre de Natural Wonder, captada en vívidos colores en el estudio del artista (“Me interesaban los dioramas museísticos”) y enfrascada en ceremonias tan ancestrales como ajenas al hombre ––un quinteto de aves monta guardia en un círculo hecho de huevos moteados; una legión de mariposas oculta algo inasible, un secreto incómodo––, evoca los escarabajos que abren acceso al submundo de Blue Velvet. En Hover, la emigración planteada por Crewdson alcanza nuevas cotas merced al influjo más pictórico que eufónico de Edward Hopper (“Ironizo un poco al decir que es el máximo fotógrafo estadunidense”): las aves se han esfumado pero queda su punto de vista, tomas amplias y aéreas que documentan o más bien intervienen en blanco y negro la vida en los suburbios, esas comunidades parasitarias de las metrópolis donde lo siniestro ––en el sentido freudiano de lo familiar que se torna extraño–– irrumpe a plena luz del día en forma de rituales humanos sobrevolados, de ahí el título Hover, por presencias de otras dimensiones. (He ahí, por ejemplo, los jardines surcados por crop circles o agroglifos, los misteriosos diseños que aparecen en campos de cultivo y se asocian con una inteligencia alienígena.) En Twilight, esas presencias se reducen a rayos o fuentes de luz ––la luz: otro elemento que Crewdson manipula a su antojo cinematográfico, dirigiendo equipos de hasta treinta y cinco miembros–– que violentan un orbe efectivamente crepuscular, siempre suburbano, inmerso en una saturación cromática y habitado por seres que aunque pertenecen a una realidad común, llamémosle fílmica, actúan como si vinieran del fondo del sueño o del insomnio. Hay exteriores que se antojan vistos con anterioridad, calles cuyo abandono es perturbado por figuras de mirada ausente y automóviles que esperan la penumbra con las puertas abiertas, patios traseros donde se cumplen protocolos insólitos; hay interiores que resultan reconocibles, ocupados por personajes extraídos del imaginario colectivo o por intérpretes igualmente reconocibles ––William H. Macy, Julianne Moore y Tilda Swinton en Dream House–– que viven en una tensión perpetua. Las historias, los lazos que unen exteriores con interiores, a unas criaturas con otras, se nos fugan no obstante entre los dedos, o mejor, entre los ojos: habrá que buscar esos nexos, esos relatos, fuera del encuadre, en medio de la sombra.
Cuadros de películas que acaban por armarse en el cuarto de edición del inconsciente, las fotografías de Gregory Crewdson nos confrontan con un cosmos en el que, sí, se aplican las reglas de la fantasía cinemática pura. Pero ¿cuál es más auténtico: el mundo nuestro de cada día o este mundo intervenido donde afloran nuestras pulsiones insondables?
[Fotografía de Gregory Crewdson]
